Queridos amigos en Cristo,
Que la gracia y la paz sean con ustedes.
A raíz de los recientes ataques militares de EE. UU. contra Irán, les escribimos como capellanes de las Fuerzas Armadas de la Diócesis de Long Island —pastores que caminan a diario junto a los miembros del servicio, los veteranos y sus familias, y que también se unen a ustedes en oración como miembros del Cuerpo de Cristo.
Momentos como este suelen llegar acompañados de un torrente incesante de alertas, imágenes, comentarios y especulaciones. El propio ritmo puede convertirse en una fuente de angustia. Les invitamos, en primer lugar, a hacer una pausa. A respirar hondo. A orar.
La oración en tiempos de guerra no es una huida. Es un ancla. Nos da estabilidad cuando el miedo intenta dispersarnos. Nos recuerda que detrás de cada uniforme y cada frontera hay seres humanos —hijos amados de Dios— en todos los bandos del conflicto. Nos devuelve a nuestra identidad más profunda antes de que cualquier otro nombre nos defina.
También os animamos a prestar una atención serena a cómo recibimos las noticias. Considerad limitar vuestra exposición. Elegid fuentes fiables y mesuradas en lugar de el desplazamiento infinito o los comentarios impulsivos. Preguntaos por qué estáis consultando las noticias en un momento dado: ¿Es para manteneros informados de manera responsable, o está alimentando la ansiedad, la ira o la impotencia? La información tiene su lugar. También lo tiene la moderación. La sabiduría a menudo reside en saber cuándo volverse hacia la luz de la oración en lugar del ruido de la especulación.
Como capellanes, se nos recuerda a diario que la preparación no es solo una cuestión de fuerza o de estar preparados. Es algo espiritual. Es el trabajo silencioso y fiel de cuidar la vida interior para que la ansiedad no nos aísle, el dolor no nos endurezca y el miedo no eclipse la compasión. Vuelve a las prácticas que te arraigaban: la oración, las Escrituras, el silencio, la conversación sincera, el tiempo con tus seres queridos.
Sed amables los unos con los otros. Es posible que muchos a vuestro alrededor estén cargando con preocupaciones no expresadas. Acercáos a ellos. Mantened el contacto. Escuchad con atención. Estos pequeños gestos no son en absoluto insignificantes. Son la forma en que se practica la paz.
Para los cristianos, la oración en tiempos de guerra es también un acto de resistencia fiel. Seguimos a Jesucristo, el Príncipe de la Paz, cuya vida revela que el amor es más fuerte que la violencia y la misericordia más profunda que el miedo. Orar por la paz no es ingenuo. Es valiente. Es alinear nuestros corazones con el futuro de Dios, incluso cuando el presente se siente incierto.
Te invitamos a orar:
Por todos los que viven bajo la sombra de la violencia.
Por quienes sirven, y por quienes esperan y se preocupan en casa.
Por los líderes, para que la sabiduría, la moderación y la humildad guíen sus decisiones.
Por los heridos en cuerpo, mente y espíritu.
Por un mundo que anhela la paz, y por la gracia de ser instrumentos de ella.
Si este momento te provoca una profunda ansiedad o angustia, por favor, no lo cargues solo. Acude a tu Clero. Si eres clérigo, acude a un colega o a tu director espiritual. Acude a amigos de confianza. Busca ayuda cuando la necesites. Cuidar de nuestro bienestar espiritual y emocional es un acto de fidelidad.
En este tiempo de Cuaresma:
Que el Dios que saca luz del caos infunda calma en los corazones atribulados.
Que el Cristo que extendió sus brazos con amor acoja a todos los que sufren.
Que el Espíritu que se cierne sobre las aguas nos guíe por el camino de la paz.
Con oración y solidaridad,
Los capellanes de las Fuerzas Armadas de la Diócesis de Long Island
El reverendo canónigo Landon Moore, la reverenda Jenn Pilat, el reverendo James Reiss, el reverendo Dr. Benjamin Shambaugh, el muy reverendo Dr. Michael Sniffen
